La Familia de la A a la Z
Uniones de hecho
El principio sobre el que se fundan las uniones de hecho es exactamente lo contrario de lo que es el matrimonio. Es decir, que el vínculo conyugal sólo debe durar en cuanto persista el amor que le dio origen. En coherencia con esta idea, se hace abstracción de cualquier referencia a la procreación y educación de los hijos. La unión se reduce a «vivir juntos para efectos de amor». El deber del mutuo auxilio –esencial en el matrimonio– cesa cuando cualquiera de las partes lo desee, porque no le conviene o porque no le atrae más la delectación del amor con la otra parte y prefiere, por ejemplo, cambiar de pareja.
Sin las responsabilidades de la familia sobre la mutua ayuda de los cónyuges y respecto de los hijos, por el propio hecho de ser revocable en cualquier momento, a estas uniones se les otorgan, sin embargo, múltiples beneficios, que según el objetivo de sus propulsores deben llegar a igualarse a los del matrimonio.
Entre los inconvenientes de fomentar las uniones de hecho, como lo hace esta legislación, uno de los más alarmantes se refiere a los hijos.
Es evidente que basados en la idea de la libertad de cada uno a tener el derecho de hacer lo que quiere, las uniones de hecho que buscan «vivir juntos para efectos de amor» se tomarán igual libertad de tener o no tener hijos. Con frecuencia evitarán una de las finalidades del matrimonio, que es la procreación[1]
No obstante, en cierta proporción, hay parejas de hecho que tendrán hijos.
Estos, sin duda, sufrirán las crueles consecuencias de la situación de sus progenitores. El padre o la madre pueden en cualquier momento cambiar de mujer o marido. Los hijos serán muchas veces un obstáculo al camino de «libertad» para el placer que sus padres han escogido.
Su educación resultará anónima, sin el calor del afecto del padre o de la madre y sin el prestigio del padre y de la madre, que gracias al vínculo moral que los mantiene unidos, los hace respetables a los ojos de los hijos.
La nobleza de la dedicación, de la consagración del matrimonio estará ausente y los hijos sentirán eso en su formación. Para un niño que vea y se le enseñe que esas uniones de hecho son tan legítimas como la unión conyugal entre hombre y mujer, constituye un trastorno completo de las ideas que pueda hacerse a respecto de la familia.
Hay casos en que los niños de esas parejas ya nacen, ya dan sus primeros pasos en la vida, ignorando lo que sea el afecto paterno, el afecto materno y todo el conjunto de los deberes morales y las repercusiones afectivas de esos deberes morales.
Sucede que la familia no es una mera transmisora de la vida biológica, una unidad reproductiva o de «puericultura». Es una institución educativa y, en el orden natural de las cosas, la primera de las instituciones pedagógicas y formativas. Así, quien fuere educado por padres altamente dotados desde el punto de vista de la moral, de las maneras y de la cultura, tendrá siempre una riqueza de alma mayor.
Al contrario, quien no tenga ese hogar estable, ni padres estables, ni ambiente moral estable, sufrirá quizás, con consecuencias para toda la vida, de una tremenda desventaja en su punto de partida, en su formación. En otros términos, el fomento de las uniones de hecho trae como efecto para los hijos condiciones, éstas sí, la mayoría de las veces, irremediablemente discriminatorias[2].
[1] Según la última encuesta del CIS sobre el tema, realizada en 1995 y publicada en 1998, el 51,44 por ciento de las parejas de hecho carece de descendencia, mientras que en los matrimonios sólo el 9 por ciento no tienen hijos. (M. Delgado-T. Castro, Encuesta de fecundidad y familia, 1995. Centro de Investigaciones Sociológicas, 1998).
[2] En Estados Unidos, Wade F. Horn, Secretario para Niños y Familias del Departamento de Salud y Servicios Sociales, manifestó que «los estudios empíricos son suficientemente claros al afirmar que, en términos generales, a los niños que crecen en hogares estables, sanos, con los dos padres casados, les va mejor que a los niños que crecen en otra clase de ambiente». Un trabajo realizado por 13 eruditos de tres organizaciones: la Coalition for Marriage, Family and Couples Education; el Institute for American Values; y el Center of the American Experiment concluye que la cohabitación no es algo equivalente al matrimonio. El matrimonio se asocia con índices menores de alcohol y abuso de drogas; las madres casadas tienen índices más bajos de depresión que las madres solas o las madres en situación de cohabitación; las madres casadas corren menor riesgo de sufrir violencia doméstica que las mujeres solas.
En Gran Bretaña una investigación publicada por el Center for Policy Studies concluye que la ruptura de la familia está conduciendo a los hijos al abuso de drogas, a la negligencia en el cuidado de los bebés y de los hijos, y a la difusión de la delincuencia. Jill Kirby, autor de la obra Corazones Rotos, observa que muchos estudios han demostrado los problemas que sufren los niños que crecen fuera de una familia estable con los dos padres. Los datos negativos comienzan con el índice de mortalidad de los bebés, un 5,8 por mil en el Reino Unido. Se ha doblado la tasa de suicidio en los últimos 30 años entre los jóvenes de entre 15 y 24 años. La delincuencia juvenil está también experimentando una curva ascendente. (Cf. Zenit, Semana Internacional, 23-3-2002).
Y The Telegraph de Londres informa, el 13-3-2002, que mientras el gobierno británico evita por motivos políticos pronunciarse claramente a favor del matrimonio, la evidencia demuestra que los hijos de padres no casados están en desventaja y que la duración de una relación de pareja está fuertemente ligada a la institución del matrimonio, subrayando el carácter transitorio de la cohabitación: cinco años después el nacimiento de un hijo, el 52 por ciento de las parejas rompen su convivencia.
Uniones de conveniencia
El fenómeno ya preocupa a los poderes públicos con referencia al matrimonio civil. El Fiscal general del Estado lo ha denunciado como un verdadero negocio en el caso de la obtención de residencia y nacionalidad[1].
¡Cuánto más este tipo de fraude se difundirá, con la facilidad con que se hacen y deshacen las uniones de hecho! A medida que los beneficios de la familia se extiendan a las uniones de hecho, más será perjudicada la sociedad con personas que se acojan a esta ley para rebajar impuestos, obtener pensiones, asilo, residencia, nacionalidad, bonificaciones, sucesiones, etc.
[1] V. gr. El Mundo, 17-3-2002.
¿Discriminación para otras formas de convivencia doméstica?
¿Parientes, hermanas solteras, hermanos viudos, amigos que viven juntos por razones de estudio, de trabajo o de afecto, o pequeñas comunidades religiosas que comparten al lado de los ideales, el mismo techo y mesa, no constituyen formas de convivencia legítimas que se deberían equiparar a las uniones de hecho para efectos de beneficios?
¿Y por qué dejar fuera las relaciones polígamas?
A partir del absurdo de dar a las uniones de hecho esos privilegios, en sana lógica, es evidente que iguales beneficios en materia de impuestos, bonificaciones, pensiones, derechos civiles, etc., se les debería conceder a esas «otras modalidades de familia» que mencionamos.
En la práctica, ¿quién no se beneficiaría de las mismas ventajas del matrimonio? Casi todos los españoles, menos aquellos que sufren el tener que vivir solos…
No creemos que sea esa la solución. Pues la familia tiene esos derechos exclusivamente por la alta función social que ejerce, única en su género, que las uniones de hecho y otras formas de convivencia no realizan. «El bien del hombre y de la sociedad presupone la institución de la familia, fundada sobre el matrimonio y vivida como comunidad de amor entre los esposos y los hijos. Esta es la enseñanza permanente de la Iglesia que hoy resuena en el mundo con la urgencia de la prioridad, para rehacer una sociedad ordenada y más humana», nos enseña Juan Pablo II[1].
Y es de esta función social incomparable, que la verdadera familia ejerce, que le devienen todos los beneficios.
[1] Discurso Sono lieto, 27-9-1986, núm. 4.
Las uniones de hecho siempre existieron. ¿Cuál es la solución?
Cabe a los padres, parientes, amigos, psicólogos, párrocos y asociaciones caritativas con esa finalidad, llevar a cabo una labor de apoyo, esclarecimiento y consejo para que esas uniones sean regularizadas y encauzadas para dentro de la insustituible organización familiar[1]. A medida que la pareja de hecho se muestre estable será más fácil hacerle comprender que su bien de mutuo apoyo y el de sus hijos, sólo encontrarán plena realización en el matrimonio.
No esforzarse para que dejen la situación de hecho y se encaminen hacia el matrimonio sería consentir en el estado de marginación y discriminación en que se encuentran. Sería dejarlos, junto a sus hijos, en la precaria e inestable condición que esas uniones conllevan.
Podría pensarse aún en algo análogo a la figura jurídica del «mediador», que tiende a establecerse en diversos países para ayudar a conciliar matrimonios en dificultad. Se trataría de personas capacitadas para una asistencia social de conciliación, esclarecimiento y apoyo en el sentido de ayudar a estas parejas desorientadas a formar una verdadera familia.
Cabe hacer notar que, según las leyes de uniones de hecho, sólo pueden ser registradas parejas no casadas y, en líneas generales, sin impedimentos para el matrimonio (como parientes, menores, etc.). Por lo tanto, muchas veces se tratará más de una barrera psicológica o de formación la que les retiene a no llegar al matrimonio.
Esta labor solidaria, sin embargo, se verá muy dificultada si se quiere hacer creer a esas personas que da lo mismo casarse o no, tanto desde el punto de vista legal, como moral; tanto por los beneficios sociales, como por el bien de la sociedad. Las leyes de parejas de hecho presentan justamente esta dañina alternativa, queriendo aparentar que son fórmulas equivalentes al matrimonio o casi tanto.
En cualquier caso, desde el punto de vista jurídico, una legislación que ataña este tipo de parejas de hecho requiere tener «como principio básico» –enseña el eminente catedrático don Rafael Navarro Vals– «que los modelos de tutela de esas uniones deben moverse, no en el marco propio del Derecho de Familia, sino en el del Derecho de la persona. Y, desde luego, sin que la figura de referencia o analogía sea el matrimonio. El modelo matrimonial de Occidente no pretende la protección de simples relaciones asistenciales, amicales o sexuales; lo que pretende es proteger y fomentar un estilo de vida que asegura la estabilidad social, así como el recambio y educación de las generaciones»[2].
[1] No nos referimos aquí a casos en que el matrimonio sería antinatural.
[2] Derecho y uniones de hecho, Rafael Navarro-Valls.
Alternativa que destruye el concepto y el orden jurídico de la familia?
La Subcomisión para la Familia y la defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal española, presidida por Mons. Juan Antonio Reig, en un mensaje reciente advierte justa y magistralmente sobre este aspecto de la cuestión: «Hemos de denunciar una vez más los denominados ´nuevos y alternativos modelos de familia´. Nos parecen pobres y raquíticos, y más si se presentan frente a la que es llamada, muchas veces con desprecio, ´familia tradicional´. Todavía nos parece más perniciosa la equiparación de las uniones de hecho al verdadero matrimonio y a la verdadera familia«[2].
Es un matrimonio raquítico que socava, por el simple hecho de existir, a la institución de la familia y preparara el terreno para la desarticulación social y el amor libre. En fin, su igualamiento a la familia es una «equiparación destructiva» de ésta, en la feliz expresión de Mons. Fernando Sebastián, Arzobispo de Pamplona[3].